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Cuaderno LiterarioTexto 07

 
 
Un estandarte para tu noche
NOZAL

Oleo "Tras la puerta", Nozal, 1983

A trescientos sesenta kilómetros de altura, dos cosmonautas rusos han abierto un paraguas blanco y reflectante para que el sol siga brillando en las noches de este planeta.

Lo subieron hasta allí atado a la proa de su nave y, llegados a ese punto mágico, cuyas coordenadas estarán marcadas digitalmente en algún ordenador de la Estación Orbital "MIR", desplegaron un plato sopero de veinte metros de diámetro; plástico y aluminio que no lograron tensar lo suficiente y quedó en margarita más que en "estandarte". Tal es su nombre: "Estandarte".

Qué cosas, oye, en tanto aquí, en la superficie de esta manzana podrida, andan los hombres a cuchilladas, van estos cosmonautas, entre puñalada y puñalada, a iluminarnos por la noche los cadáveres. Aunque es probable que para darnos por aludidos no resulte suficiente un sólo plato galáctico, probablemente necesitaríamos la vajilla entera . Nos negamos a ver la muerte durante el día y, hasta donde yo sé, seguiremos empeñados en ignorarla por más que nos echen vatios durante la madrugada.

El caso es incordiar. De momento a nosotros nos están jodiendo el paradigma de la dualidad y a los sintoístas les han hipotecado los mismísimos cimientos del ying y el yang en una de sus más celebradas acepciones, o sea el día y la noche. Pero tú tranqui, Nuria, que aún nos queda esa otra dicotomía "hombre-mujer", gracias a la cual podemos todavía mantener la esperanza y el equilibrio en tanto nos inventamos alguna otra fórmula para pasar las noches en blanco.

No sé muy bien por qué te cuento esta historia, quizá es que aún recuerdo tu exagerada afición a los crepúsculos y cómo y con cuántas ganas te quedabas dormida apenas el sol terminaba de esconderse. Aquellas noches en blanco eran de blanco satén y, además, sólo mías: tú te dejabas hacer desde esa concupiscente placidez que otorga el sueño, sin despertar jamás, insinuando apenas una mueca de placer y aislando tu levedad del frenético trajín que yo me traía con lo más profundo de tu sexo.

Me viene a la memoria aquella ocasión en que acabé derribándote al suelo, después de cabalgar sobre tus nalgas más de una hora, después de recomponerte en cien posturas diferentes y deshacer la cama y empaparte de sudor y esperma. Al caer te golpeaste en la nuca y un leve reguero de tu sangre heló la mía. Tu pulso había desaparecido y durante unos eternos minutos anduve buscándote una respiración que no encontraba. Pensé que te había matado. Pero no, despertaste con la primera luz del día, como siempre, apenas aturdida por un ligerísimo dolor de cabeza que resultaba inexplicable.

¡Qué facilidad la tuya, Nuria, para despertar cada mañana! A falta de gallo que te cantase la aurora, un maldito reloj, programado para dar las ocho con el boletín informativo de Radio Nacional, te ponía en moviento con las primeras noticias del día. Lo que no conseguían mis embestidas lo lograba aquel odioso aparato "made in Taiwan".

Decías que dormir conmigo era alucinante. Te acostabas vistiendo un pijama de raso y amanecías buscando tus bragas entre el rebujo de las sábanas. ¡Ah, mi bella durmiente, cuántas veces gozé de tu cuerpo desnudo y qué innumerables posturas fuiste obligada a soportar desde la indefensión del sueño!

Jamás conocí a nadie que tuviera, como tú, un dormir tan denso, implacable y dulce al mismo tiempo. "Cuando el sol desconecta, yo también", decías. Y aquí, quien subscribe, notario de excepción, dando fe de que así era. Ahora te confieso que acabé cogiéndole gusto al asunto; tanto que, una vez rompimos nuestra relación, necesité algún tiempo hasta recuperar el placer del polvo compartido.

¿Qué será de ti ahora que el sol brilla de noche, reflejado en una sopera soviética tan desafortunadamente llamada "Estandarte"? Decía mi admirado César Vallejo que conoció "a un hombre que dormía con sus brazos; un día se los amputaron y quedó despierto para siempre". A tí, Nuria, dos anónimos cosmonautas te han amputado la noche y tal vez, desde ahora, no encuentres ya nunca descanso.

Desde aquí te deseo que al menos aprendas a amar despierta para que, de ese modo, el resto de tus noches en blanco sean también de blanco satén, como lo fueron las mías, breves, dulces y animosas. Tus bragas, cada mañana, volverán a encontrarse en el rebujo de las sábanas, pero será así porque tú habrás querido que estén allí.

Un beso, amor.

A los cuatro días recibí un escueto telegrama: Los rusos deberían colgar el paraguas en tu noche STOP A ver si espabilas STOP Placer especial simular que dormía STOP Nuria STOP n

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> Ilustración que encabeza el texto: "Tras la puerta", óleo sobre tabla de 1983
> Este artículo forma parte del libro de Nozal titulado "Cartas de Cama y Amor", un libro que está esperando todavía encontrar alguna editorial que desee publicarlo. Registrados los derechos de Propiedad Intelectual y el Depósito Legal (R.P.I.,DP. P-77 clave 1997/45483)
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