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- El
párroco díscolo
- NOZAL

Por una vez y sin que sirva de precedente voy a dar la
razón a un cura. Ignoro si este arranque de generosidad me sale del corusco del alma
-entre otras cosas porque ni sé qué es eso del alma- o más bien aflora desde lo más
hondo del sentido común, pero allá que voy con este texto a favor de un párroco
díscolo que, con su peculiar forma de hacer las cosas, ha puesto en evidencia, por un
lado, la estupidez de la feligresía y, por otro, el antinatural desbarre de la política
dogmática vaticana.
Ocurrió en un pueblecito llamado Bugarín, del
municipio pontevedrés de Ponteareas. Quiero imaginarme al vencindario: la María, soltera
y sola en la vida; don Ernesto, el boticario, farmacia de guardia en el propio domicilio,
con las indispensables aspirinas en los anaqueles del "recibidor"; Joaquín,
destajista, mecánico ocasional y buen mozo casadero; "El Perlas", jubilado,
antiguo contrabandista de tabaco rubio americano y hoy gerente del Tele-Club; Genara,
devota de San Luis y modista del trapo que luce la talla del santo, que algunos atribuyen
a Juan de Juni porque sí; Manoliño, el chaterrero; Don Andrés, andresiño, hijo de
Sonsoles, alcalde democrático sin oposición; Agustinico, fabulador y borrachín,
comerciante de orujo... Y el cura párroco, al que llamaré Padre Dictinio en homenaje al
gen avieso que atravesó mi propia ascendencia en la primera mitad de este católico
siglo.
Es que no me hace falta ni cerrar los ojos para imaginar
en colores la situación: veo cómo asisten a misa cada domingo y fiesta de guardar, año
tras año, escuchando del Padre Dictinio la homilía para volverla luego contra él
envuelta en chismorreos amenazantes y advertencias sobre un comportamiento que consideran
impropio de quien, según cuentan, representa en su pequeño pueblo al mismísimo Papa
celibón. Y es que, aseguran, no se puede consentir que el Padre Dictinio lleve 32 años
amancebado con una hembra mientras arrecia en cada sermón con el valor de la castidad.
¿Cepillo? ¿A un menda así vamos a echarle dos duros
para que luego se los gaste en bragas? Que no, o sea, de ninguna manera.
Sigo imaginando y asisto a la escena en la que Dictinio
le dice a su amada que ya no le queda un centavo en la cartilla, que no hay hijomadre que
le fíe ni parroquiano que le asista. A pesar de lo cual, el buen hombre, bueno sí, y
cumplidor, seguirá diciendo misa cuando sea menester y atendiendo las necesidades
espirituales de Agustinico, Don Andrés, Manoliño, Sonsoles, Genara, y llegado el caso,
hasta del mismísimo Juan de Juni, que véte tú a saber. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo
matar la hambruna? Pues, a falta de maná milagroso y salvado el San Luis, sea lícito
venderle a Erick el Belga algunas cosillas sin importancia, qué se yo, esa Natividad del
siglo XV, esa otra tabla deprimente y sucia del Martirio de Santa Eulalia, también del
XV, o aquel Santiago Matamoros del XVI, casi moderno, que en vez de espada parace que
lleva un nueve milímetros parabellum. Al fin y al cabo no es más que madera podrida,
arrinconada, y ni la más beata de las marías clavó jamás sobre ella una sólo plegaria
minimamente piadosa; más aún, estaría por apostar a que ningún feligrés echa en falta
ni una astilla.
Sin embargo, lo que son las cosas, diríase que el
pueblo lo tenía todo inventariado y, a medida que pasaba el tiempo y Dictinio engordaba,
le iban poniendo en el debe cada astilla, cada palo y cada tabla, consignando el siglo,
pues el boticario le hacía a cada obra de arte la prueba del carbono 14 restregando por
encima de la policromía un kilo de aspirinas.
O sea que el Padre Dictinio, además de amancebado,
ladrón. No era eximente el estado de necesidad ni fué tal juicio óbice para que el
pueblo siguiera yendo a misa a escuchar la plática dominical con el mismo interés de
quien oye llover. Pero algo tenía que colmar el vaso del aguante parroquiano y ese algo
llegó con ocasión de las fiestas de Semana Santa.
El buen Dictinio, en un arranque de lucidez temeraria,
se postró ante el amor de su vida y, decidido a compensarle a esa bendita mujer
tantísima dedicación y entrega le dijo: "Haz las maletas, amor mío, que nos vamos
de vacaciones". Cerró la iglesia el lunes santo y el vecindario de Bugarín pasó la
más triste semana que nadie recuerda, sin un sólo cristo que sacar en procesión.
Mientras tanto, Dictinio y su querida mujer sesteaban en la playa levantina de Benidorm,
gozando de un merecido sol y saboreando las mieles que el amor brinda a quienes se besan
como si fuera esta noche la última vez, bésame, bésame mucho.
Lo que ya no sé es porque Dictinio volvió a Bugarín.
Y volvió para encontrarse con un piquete que le negaba la entrada al pueblo, acusándole,
sobre todo, de esquirol. Tuvo que intervenir la Guardia Civil para evitar un linchamiento:
pretendían atarlo por los testículos al badajo de la campana mayor.
"Porque, verás -le decía Agustinico a Don
Andrés-, pase lo de su señora, pase que nos haya dejado la iglesia más vacía que una
era, pero que llegue Jueves Santo y no podamos si quiera visitar al Altísimo en el santo
Sagrario..."
En Bugarín quieren otro cura. No me parece mal: jamás
se merecieron a Don Dictinio.n
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Ilustración que encabeza este texto: "Mujer
leyendo economías. Cura ojeando el penhouse" (Oleo sobre lienzo, Nozal 1987)
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Este artículo se publicó en el periódico El Norte de Castilla (10 mayo 1994)
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