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Cuaderno LiterarioTexto 04

 
 Visiones celestiales
NOZAL

El Supercristo. Nozal, 1990

El entrevistador se esconde tras la cámara de televisión y apenas si nos deja ver la empuñadura del micrófono. La voz en of que escuchamos es grave y pausada, solemne, en claro contraste con esa otra agudísima correspondiente a la mujer que se extasía en primer plano; abre los ojos desproporcionadamente y gesticula como si fuera italiana, aunque es de Badajoz, para relatar al público que quiera escucharla que élla ha visto a Dios.

"He visto -dice- un camino precioso, repletito de flores, que venía del cielo y llegaba hasta aquí; aquí mismito, oiga, que no le digo más p'allá o más p'acá, sino aquí".

Requerida por el periodista, otra mujer refrenda la declaración de la anterior, si bien matiza: "Yo también lo he visto; era un camino blanco como la nieve, pero no venía hasta el prado sino que se quedaba en el cielo; mi hijo -añade, mostrando a la cámara un retoño de cuatro años- también lo ha visto".

El profesional del micro, que es un lince, desvía la pregunta hacia el marido de la señora, que contemplaba la escena en un difuminado segundo plano: ¿Usted también lo ha visto?

- No, yo vengo aquí para acompañar a mi mujer. Yo no soy creyente,¿sabe?

Otra mujer que merodeaba alrededor de la escena, impaciente por meter baza en el asunto, apostilla: "El que no tiene fe es como si estuviera ciego". Otra más, a su lado, gritando casi: "Abre tu corazón y verás a Dios". Enseguida, todo un coro de señoras, a viva voz, se soltaron por aleluyas y comenzaron a corear, incadas de rodillas, la letanía de su santo rosario, ave maría, ave maría, santa maría, santa maría...

Un pequeño revuelo se organizaba entonces a pocos metros del cámara. La voz en of nos acercaba al lugar del suceso mientras la imagen caminaba con movimientos cabeceantes. "Señores y señoras, nos dirigimos hacia el abeto en que tienen lugar la apariciones; todo parece indicar que podremos asistir, en directo, a una de éllas".

La histeria colectiva se había desatado. Cánticos, llantos, exclamaciones, alabanzas a Dios, a la Virgen del Santo Abeto y a la Santa Curia Romana. Y, en medio de un nutrido y compacto grupo de correligionarios, la vidente, una madurita mujer con aspecto de hortelana, sorteaba piedras, piernas y rastrojos sumida en un ataque convulsivo que le hacía babear y gemir lastimeramente; de la frente le brotaban dos reguerillos de un líquido sanguinolento y podía verse, pues enseñaba al público las palmas de sus manos, que los estigmas de la cruz adoptaban la forma viscosa y purulenta de sendas llagas divinas, absolutamente asquerosas.

El sol, en ese instante, comenzó a girar sobre sí mismo y a lucir intermitentemente; todos los colores del arco iris surgieron de improviso formando un halo alrededor del Santo Abeto. La tierra tembló. Era, sin duda, el comienzo del espectáculo.

De las tres mil personas que allí se habían congregado, quinientas diecisiete fueron presa de similares convulsiones a las descritas y, aunque sin llagas, vieron aparecer a Jesucristo en persona, igualito, igualito que el que reproducen las estampitas de la parroquia; doscientas ocho, vieron a la Virgen, bellísima, tocada de un largo velo blanco y vestida de azul celeste, como recién descarnada de un cuadro de Murillo; un grupo de ciento y pico personas se repartieron visiones más selectivas y así, entre éllos, hubo quien departió unos instantes con el mismísimo San Judas Tadeo, otros, que hablaban francés, vieron a San Hubert Fournet y a Santa Isabel Bichiers des Ages y aún alguno se topó con la visión de todo un ejército de mártires en pleno desfile celestial. Por último, cuarenta y siete personas que habían llegado hasta allí en autocar y que aún permanecían en su interior, levitaron al unísono y elevaron el vehículo en el aire, dos palmos por encima del abeto.

Cámara y locutor, terminado el acontecimiento, despidieron el programa hasta la semana siguiente: "Volveremos -dijo- más preparados la próxima ocasión. Traeremos un inalámbrico e intentaremos entrevistar, para todos ustedes, a la Virgen María, madre de Dios".n

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> Ilustración que encabeza el texto: "El Supercristo" (Nozal, 1990).
> Este texto es un capítulo de la última novela del autor todavía inédita y cuyo título aún no ha sido decidido.
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