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Cuaderno LiterarioTexto 22

 
 Camarero, ¡una copa!
NOZAL

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Le he pedido al camarero que me ponga otra copa; cristal fino, aroma y un delicioso rojo burdeos para empañar la angustia que se ha instalado dentro de mí sin previo consentimiento. Noto que la presbicia del alcohol comienza a surtir efecto. Bien. Otra copita. Otra nube. Más vino. ¡Que la vida torne nuevamente a sus cauces exquisitos!
Hay veces que se hace necesario transpasar la línea de lo permitido. Para ciertos flemáticos será suficiente con alzar un poquito la voz y soltar un juramento descafeinado; otros, más temperamentales, necesitarán pasarse de rosca, hacerle a la moral el nudo del ahorcado y cogerse una tajada monumental, que por algo en este país está despenalizada la droga más contundente. Otra copita, camarero.
Invariablemente llega el momento en le que todo vuelve a ser de color rosa, incluída la serie televisiva de tal nombre, especialmente concebida para buscarle un recreo a tanta farsa social y tanta artillería democristiana. De pronto, la realidad se have evanescente y el decorado que antes nos limitaba nos deja ahora en libertad sin cargos. Si se nos antoja volar, volamos; si preferimos un ejercicio de bilocación, más complicado pero igualmente satisfactorio, pues allá que te voy con los huesos por duplicado a gozar de una reparadora anestesia que es, a la crueldad de la vida, lo que el sueño a la vigilia. ¡Camarero, por favor, escancie nuevamente el néctar de los dioses y, si es tan amable, deje la botellita al alcance de mi mano. Gracias.
La diferencia entre "colocarse" y agarrar una borrachera impresentable estriba en desconectar parcialmente o fundir los plomos, respectivamente. Y que sea una cosa o la otra dependerá, en primer lugar, del sujeto, esto es, de si es persona, individuo, ciudadano, categoría con filiación, cargo en alguna ejecutiva, número de cadena o cifra estadística del paro; según grado, así tamaño. Cabe igualmente señalar la oportunidad del momento, porque no es lo mismo cogerse una toña celebrando la boda de un buen amigo, que acabar tirado en el cubo de la basura después de haber ingerido dos litros de peleón para olvidar una pena que atascaba el corazón a la altura de Cupido. O sea, que la circunstancia manda. Como manda también la peculiar arquitectura de cada uno: no es lo mismo pesar cincuenta kilos que doscientos, disponer de un hígado con airbak y elevalunas o simplemente de un aparato para ir tirando, en fín así sucesivamente.
Mire a ver, camarero, que se me ha terminado la botellita y digo yo si no podría usted milagrearme nuevamente otra ronda. A su salud.
Del carácter de la persona depende la consecuencia, esto es, hay quien estimula su extroversión, una vez instalado en la nube, y quien agudiza hasta límites insondables su ya natural impenetrabilidad. Dicho en román, quien es un tío majete puede llegar a ser estrella y, el que habitualmente es un pelmazo, acabará muy probablemente en un rincón, aplastado por el aburrimiento, solo, disecado.
Deben tenerse en cuenta, por demás, los diferentes problemas de ralación o el grado de integración afectiva de quien se dispone a darle al jarro, pues de éllo dependerá, si la cogorza le sobreviene en un lugar público, que salga a hombros, aclamado y vitoreado por los presentes, o que lo echen a patadas, precísamente por patoso. De estos últimos es de quienes se dice que, si no saben beber, que no beban. Pobrecitos, qué culpa tienen ellos. ¡Amarero, amo a ve, que a la tecera va la vecida: odra bodella!
Que a la tercera va la vencida no suele cumplirse casi nunca. Y así, la lengua "gorda" sobreviene sin aviso a la segunda o a la séptima, haciendo caso omiso del refrán. Es, por lo general, la aduana de la inconsciencia, el estado divino de la ambiguedad, ese sitio del espíritu donde no se paga tributo a la timidez ni hay hueco para los complejos habituales de la vida cotidiana. De ahí que sea refugio para inmaduros y adolescentes, decididos a habitar semejante paraíso todos los fines de semana, convirtiendo su descanso en anestesia de forma que cualquier célebre gamberrada quede disculpada de antemano. No deja de ser, pues, una forma de protesta. La realidad de cada lunes encierra tanto desconsuelo, es tanta la impotencia con la que uno se enfrenta al martes, tanta la desilusión del miércoles, tanto el sufrimiento del jueves y tantísima la amargura del viernes, que no se encuentra mejor conjuro sabatino que una buena ronda de cubatas.
En lo que a mí concierne, camarero, siga dándome tinto. Buen tinto del Duero, por favor.


> Ilustración que encabeza el texto: "La copa de vino", giclée, edición numerada.
> Este artículo fue publicado en El Norte de Castilla en fecha: 12.MAR.94

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