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Cuaderno LiterarioTexto 21

 
Disfruta con el bridecú
NOZAL

Del Sarcasmo. NOZAL. Ref: A158

 

El es así, sólo disfruta con el biricú. Lo ajusta a la cintura, lo afloja, lo coge con ambas manos, lo atusa, lo circongonea. Luego, según el día, le cuelga un par de sables de media luna, afilados en su canto y brillantes, muy brillantes, pulidos con piedra pómez y lustrados con suave pellejo de cuero. A pesar de todo, para él los sables son lo de menos, puede prescindir de ellos y en su lugar colgar las llaves de la casa, del patio, del garaje, de la encomienda, del candado de la cadena de la moto de la comandanta. Y a semejante manojo de llaves añade aleatoriamente algunas que afana entre el personal, de modo que parece a veces un sereno trasplantado de la época del cabrón, o un carcelero de la Modelo, o un arcipestre guardián de las cien mil reliquias de los santos que nunca existieron.

Y cuando no tiene el cuerpo para llavero es porque amanece nublado y entonces a él se le atraviesa el día, le cambia el rictus sombrío y se le inflaman las venillas del globo ocular, o sea que se le pone un día piercing. En los días así cuelga del biricú delirantes imperdibles que no caben en una mano, perchas de alambre y grandes bucles de hilo de acero que se mueven como muelles. Y coordina el atuendo con distintos alfileres y pasadores de rosca: dos en la nariz, dieciséis bien repartidos en sendos lóbulos de las orejas, dos en las cejas, uno terminado en cruz en el ombligo, otro atravesando la lengua, dos más en el labio inferior y uno último, romo, jodiéndole la polla, atravesándole de parte a parte el glande que, a la sazón y como consecuencia de sucesivas infecciones mal curadas, se le ha convertido en bellota.

Pero él acaricia con la yema de los dedos su biricú, lo rodea, lo circunda, aprisiona su mano en los cordeles... y nota al instante un calambre verde y plata que le recorre toda su vertical por el hueco del ascensor que llevan dentro las vértebras de la columna.
Un día colgó del biricú las bragas de Filomena, que eran catorce, y se puso a juego una liga en la frente al modo en que Silvestre Stallone luce cinta de tenis mientras suda matando indígenas camboyanos en la peli de Oliver Stone. Aquel día el biricú lo llevaba apretado a la cintura más que de costumbre y eso le produjo cierto desequilibrio en el balance de las proteínas. Eso y que las bragas de Filomena le tocaron seriamente el corazón destapándole un montón de recuerdos que él ya creía marchitados para siempre. Y no, lo que son las cosas.

Entonces le sobrevino una lágrima lechosa a la vez que un clamoroso borborigmo le puso del revés las paredes del estómago. Al poco, le llegó hasta la boca el consiguiente regüeldo tibio y dañino que tantas veces le ha empujado al suicidio. Sin éxito, claro.

En fin, esta amenaza de mandarlo todo al carajo es el único inconveniente que se deriva de apretarse tanto el biricú, aunque a él bien le vale la pena el riesgo, pues a punto de cumplir noventa y cuatro y con la bellota taladrada, sabe que entre placer y carajo la distancia es cero. Lo sabe él y también Filomena, la comandanta de la residencia de la Tercera Edad que le carga en la grupa cada vez que hay que rescatarlo de la indignidad a la que le llevan sus andanzas los negros días de sable. Pero esto es lo que hay. Y a él lo que realmente le pone es el bridecú, que así también el biricú se llama.

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10 de septiembre de 2003 © Copyright NOZAL


> Ilustración que encabeza el texto: "Del Sarcasmo", NOZAL, 1976. 89 x 116 cm. VER
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