-
- Llovían piedras
- NOZAL

"Llover" es un verbo que sólo se
conjuga de manera impersonal, pero lo que no se conjuga de ninguna manera es que
"lluevan piedras". Sin embargo, lo cierto es que sí, llovían piedras. Sé que
esta historia resultará increíble para las personas de buen pensar, pero las cosas de la
naturaleza suceden sin ajustarse a la lógica y no requieren el concurso del sentido
común.
Lo que sí puedo aclarar es que las piedras que caían del cielo no eran simples pedruscos
ni cantos rodados procedentes de algún inverosímil río estratosférico, sino piedras
talladas en forma de prismas regulares. Y según caían, quizá sabiendo de antemano su
destino, iban colocándose una sobre otra, en perfecto trenzado de albañilería, hasta
edificar robustos paredones, mantenidos en vertical con el apoyo contundente de escuetos
contrafuertes o de esbeltos arbotantes, según el estilo o la forma de llover, que viene a
ser lo mismo. Luego escampaba un ratito y, al poco, sobrevenía un suave sirimiri de
piedra caliza con destino al arquitrabe; después, una de arcilla cocida, ¡marchando!,
servida en forma de tejas, que cubría de manera ordenada y graciosa la techumbre de
innumerables catedrales. Así llovió desde tiempos visigodos -Sancho de Navarra, a falta
de paraguas, inauguró la Cripta de San Antolín- y así se fue creando en los alrededores
de Palencia el mayor conjunto de monumentos románicos del mundo.
Me da no sé qué contar cómo llegaron las campanas a los diferentes campanarios...
porque lo cierto es que también cayeron del cielo, lo juro por mis niños, que me muera
aquí mismo si miento. Y otro tanto pasó con esos centenares de impostas, ménsulas y
gárgolas repartidas equitativamente en cada templo, incluyendo al "fotógrafo"
de la catedral-catedral, bella desconocida, revuelto de estilos y nubes, al fotógrafo de
piedra también caído del cielo, digo, que mira la otra piedra del hospital San Bernabé,
situado frente a él, mientras amaga con su cámara para que el personal se entere de que
los asuntos terrenales se encuadran desde lo alto en formato seis por seis. Treinta y
seis.
Y del cielo llovían piedras, ¡ay! Ráfagas de viento hicieron encaje con algunos prismas
retorcidos y convirtieron cubos en cilindros y esferas en perfectos tetraedros; formaron
así volutas, candeleros, medallones, archivoltas, cenefas, blasones y un secular
etcétera de pesadas maravillas. Piedrezuelas, calcedonias y ópalos tallados en las
alturas y bruñidos en el lento caer hasta su exacta ubicación en el sillar. Cayeron
piedras de todo tipo, graníticas, calizas y marmóreas... incluso algún aerolito tuvo a
bien hacer diana como piedra angular. (Personalmente echo de menos que, ya puestos, no
lloviera también la piedra filosofal, esa cualidad de la intemperie que cambia en oro la
nada de su entraña alquimista).
Así fueron surgiendo espectaculares monumentos como la iglesia de San Julián en
Villaconancio, el Monasterio de San Andrés del Arroyo, la iglesia de Santa María en
Dueñas, la de Arenillas de San Pelayo, la ermita de Santa Eulalia de Barrio de Santa
María, la iglesia de San Juan Bautista de Moarves de Ojeda...
A riesgo de olvidar algún montón importante de piedras en este urgente inventario, es
preciso que cite también a San Salvador de Cantamuda y, en Aguilar de
Campoo, al lado de
las no menos románicas galletas Fontaneda, la ermita de Santa Cecilia y el Monasterio de
Santa María la Real. Y la iglesia de Santiago, en Carrión de los Condes, donde cabe
imaginar la sensibilidad del sirimiri sólo con ver el friso escultórico de su portada.
Y para terminar, claro está, la maravilla de todo este conjunto inigualable, llovido del
cielo durante el siglo XI: San Martín de Frómista, cuyas piedras se ubicaron a la
primera, sin confusión posible, como si hubieran sido aleccionadas, sin faltar una y sin
sobrar ninguna. Se trata de la joya del románico, una tarta de cumplesiglos con un total
de 300 canecillos y dos velas cilíndricas precursoras de las Twin
Towers. Happy birthday.
De modo que, como se ve, llover, lo que se dice llover, llovía, por más que esta manera
de llover fuera una rareza de la climatología jamás explicada adecuadamente, un
armonioso aunque pesado llover de piedras, piedras muy bellas, sí, pero... ¡piedras que
aplastaron a una multitud de incautos desprevenidos!
Ya está, lo dije, tuve que decirlo, maldita sea. Bueno, lo cierto es que la verdad debe
resplandecer aún a costa de afear un poco el color de la piedra. Me consta que esta
confidencia, además de restarle glamour a la mampostería de este llover tan fino,
criminaliza al románico, por decirlo en argot político. Piedra, arte, trabajo,
sacrificio y dinero del pueblo para... ¿el pueblo? ¡Ah, no, el pueblo ha de seguir
siendo ecológicamente pueblo, o sea, ha de seguir viviendo en el adobe de la pobreza, la
ignorancia y la esclavitud! La piedra sólo es del alma... y el alma sólo es de Dios.
Me atrevo a desvelar este hecho porque hace ya algunos años que escampó en casi todas
las ciudades y pueblos de España. Sobre la faz de nuestra Constitución luce actualmente
un sol de mediodía suficientemente razonable. Por fortuna hoy le quitamos el polvo a
tantísima piedra y colocamos a sus pies una bonita leyenda con el pedigrí del templo al
que pertenece. Nos cuesta un riñón, pero insistimos, a la espera de que lluevan euros,
que al fin y al cabo son más livianos que la piedra.
A mí me gustaría que cesara para siempre esta cosa maga de la historia, y si han de
llover piedras, pues que lluevan, vale, pero sin aplastar a nadie y como patrimonio
efectivo de todos... porque hasta la fecha tanto pedrusco románico, o sea, los miles de
euros que el erario público destina a su conservación, van a parar a unos pocos, a los
mismos de siempre, que ya ni saben qué hacer con tanta pasta y dan en cosas tan avaras
como invertir en Bolsa a través de Gescartera. Lo cual, por más justificaciones que
busque el sinvergüenza ecónomo pucelano, es infinitamente más incorrecto que este
empeño mío por escribir que "llovían piedras".
-----------------------------------------------
- >
Ilustración que encabeza el texto: "Las piedras del
cielo", obra gráfica digital de la
serie "La Ciudad Imposible". VER
- >
Este artículo fue publicado en "El Norte de Castilla" (16 junio 2002)
|