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Cuaderno LiterarioTexto 20

 
Llovían piedras
NOZAL

Modillones romanicos. Art-Dollar. Abbé Nozal

"Llover" es un verbo que sólo se conjuga de manera impersonal, pero lo que no se conjuga de ninguna manera es que "lluevan piedras". Sin embargo, lo cierto es que sí, llovían piedras. Sé que esta historia resultará increíble para las personas de buen pensar, pero las cosas de la naturaleza suceden sin ajustarse a la lógica y no requieren el concurso del sentido común.
Lo que sí puedo aclarar es que las piedras que caían del cielo no eran simples pedruscos ni cantos rodados procedentes de algún inverosímil río estratosférico, sino piedras talladas en forma de prismas regulares. Y según caían, quizá sabiendo de antemano su destino, iban colocándose una sobre otra, en perfecto trenzado de albañilería, hasta edificar robustos paredones, mantenidos en vertical con el apoyo contundente de escuetos contrafuertes o de esbeltos arbotantes, según el estilo o la forma de llover, que viene a ser lo mismo. Luego escampaba un ratito y, al poco, sobrevenía un suave sirimiri de piedra caliza con destino al arquitrabe; después, una de arcilla cocida, ¡marchando!, servida en forma de tejas, que cubría de manera ordenada y graciosa la techumbre de innumerables catedrales. Así llovió desde tiempos visigodos -Sancho de Navarra, a falta de paraguas, inauguró la Cripta de San Antolín- y así se fue creando en los alrededores de Palencia el mayor conjunto de monumentos románicos del mundo.
Me da no sé qué contar cómo llegaron las campanas a los diferentes campanarios... porque lo cierto es que también cayeron del cielo, lo juro por mis niños, que me muera aquí mismo si miento. Y otro tanto pasó con esos centenares de impostas, ménsulas y gárgolas repartidas equitativamente en cada templo, incluyendo al "fotógrafo" de la catedral-catedral, bella desconocida, revuelto de estilos y nubes, al fotógrafo de piedra también caído del cielo, digo, que mira la otra piedra del hospital San Bernabé, situado frente a él, mientras amaga con su cámara para que el personal se entere de que los asuntos terrenales se encuadran desde lo alto en formato seis por seis. Treinta y seis.
Y del cielo llovían piedras, ¡ay! Ráfagas de viento hicieron encaje con algunos prismas retorcidos y convirtieron cubos en cilindros y esferas en perfectos tetraedros; formaron así volutas, candeleros, medallones, archivoltas, cenefas, blasones y un secular etcétera de pesadas maravillas. Piedrezuelas, calcedonias y ópalos tallados en las alturas y bruñidos en el lento caer hasta su exacta ubicación en el sillar. Cayeron piedras de todo tipo, graníticas, calizas y marmóreas... incluso algún aerolito tuvo a bien hacer diana como piedra angular. (Personalmente echo de menos que, ya puestos, no lloviera también la piedra filosofal, esa cualidad de la intemperie que cambia en oro la nada de su entraña alquimista).
Así fueron surgiendo espectaculares monumentos como la iglesia de San Julián en Villaconancio, el Monasterio de San Andrés del Arroyo, la iglesia de Santa María en Dueñas, la de Arenillas de San Pelayo, la ermita de Santa Eulalia de Barrio de Santa María, la iglesia de San Juan Bautista de Moarves de Ojeda...
A riesgo de olvidar algún montón importante de piedras en este urgente inventario, es preciso que cite también a San Salvador de Cantamuda y, en Aguilar de Campoo, al lado de las no menos románicas galletas Fontaneda, la ermita de Santa Cecilia y el Monasterio de Santa María la Real. Y la iglesia de Santiago, en Carrión de los Condes, donde cabe imaginar la sensibilidad del sirimiri sólo con ver el friso escultórico de su portada.
Y para terminar, claro está, la maravilla de todo este conjunto inigualable, llovido del cielo durante el siglo XI: San Martín de Frómista, cuyas piedras se ubicaron a la primera, sin confusión posible, como si hubieran sido aleccionadas, sin faltar una y sin sobrar ninguna. Se trata de la joya del románico, una tarta de cumplesiglos con un total de 300 canecillos y dos velas cilíndricas precursoras de las Twin Towers. Happy birthday.
De modo que, como se ve, llover, lo que se dice llover, llovía, por más que esta manera de llover fuera una rareza de la climatología jamás explicada adecuadamente, un armonioso aunque pesado llover de piedras, piedras muy bellas, sí, pero... ¡piedras que aplastaron a una multitud de incautos desprevenidos!
Ya está, lo dije, tuve que decirlo, maldita sea. Bueno, lo cierto es que la verdad debe resplandecer aún a costa de afear un poco el color de la piedra. Me consta que esta confidencia, además de restarle glamour a la mampostería de este llover tan fino, criminaliza al románico, por decirlo en argot político. Piedra, arte, trabajo, sacrificio y dinero del pueblo para... ¿el pueblo? ¡Ah, no, el pueblo ha de seguir siendo ecológicamente pueblo, o sea, ha de seguir viviendo en el adobe de la pobreza, la ignorancia y la esclavitud! La piedra sólo es del alma... y el alma sólo es de Dios.
Me atrevo a desvelar este hecho porque hace ya algunos años que escampó en casi todas las ciudades y pueblos de España. Sobre la faz de nuestra Constitución luce actualmente un sol de mediodía suficientemente razonable. Por fortuna hoy le quitamos el polvo a tantísima piedra y colocamos a sus pies una bonita leyenda con el pedigrí del templo al que pertenece. Nos cuesta un riñón, pero insistimos, a la espera de que lluevan euros, que al fin y al cabo son más livianos que la piedra.
A mí me gustaría que cesara para siempre esta cosa maga de la historia, y si han de llover piedras, pues que lluevan, vale, pero sin aplastar a nadie y como patrimonio efectivo de todos... porque hasta la fecha tanto pedrusco románico, o sea, los miles de euros que el erario público destina a su conservación, van a parar a unos pocos, a los mismos de siempre, que ya ni saben qué hacer con tanta pasta y dan en cosas tan avaras como invertir en Bolsa a través de Gescartera. Lo cual, por más justificaciones que busque el sinvergüenza ecónomo pucelano, es infinitamente más incorrecto que este empeño mío por escribir que "llovían piedras".

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> Ilustración que encabeza el texto:   "Las piedras del cielo", obra gráfica digital de la serie "La Ciudad Imposible". VER
> Este artículo fue publicado en "El Norte de Castilla" (16 junio 2002)
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