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Cuaderno LiterarioTexto 19

 
La calle Mayor
NOZAL

Calle Mayor. Fotografía de Abbé Nozal tomada en 1985

A las nueve de la noche concluye el ajetreo comercial. La calle Mayor pierde el vértigo del trapicheo y se nos queda sesteante, relajada y hasta más guapa. Cuando llueve se moja, como las demás, pero como ninguna otra sabe lucir un espejo en cada baldosa mientras el repiqueteo de la lluvia se va haciendo música de clavecín por entre las columnas de los soportales. Y acercándonos a la piedra escucharemos voces del siglo pasado cantando a coro un estribillo con ritmo de pasodoble.

Al llegar a Los Cuatro Cantones la melodía se hace imperceptible; hay que afinar el oído para percibir un sordo y lejanísimo lamento, algo parecido al llanto de un niño moribundo o quizá el triste maullido de un siamés flacucho y desorientado. La respuesta al enigma está dentro de la piedra; basta con pegar la oreja al fuste de las columnas para conocer con detalle el porqué de cien historias, saber por ejemplo quién fué el último alcalde que paseó la bocaplaza en burro, cuántos fueron los borrachos que desfilaron la quinta del sesenta, por qué la Manuela dejó de vender tabaco a los transeuntes o por qué y cómo y quién fue el torpe arquitecto al que consintieron levantar ese edificio chapuza que mira de frente al rancio Casino, ese parto sin ley ni medida que hoy da cobijo a un Banco y cuya columnata será ajena al entorno así pase un millón de años.

Cuando entra la noche la calle Mayor se convierte en confidente. Salen entonces a pasear las vírgenes vestales, con cestillo de mimbre rebosante de flores galgas, dejando a su paso un aroma de ozono y despertando en la ingle de la nostalgia el recuerdo de algún amor o el último abrazo a aquel buen amigo que se nos murió de pena hace seis veranos. Y nuevamente se abre la conversación con el pasado; al principio apenas un leve murmullo, mas enseguida se puebla la calle de fantasmas y hay que gritar con el corazón para abrirse paso. Si ocurre que otro mortal se cruza contigo, te doblará el número de fantasmas y ya no quedara espacio sino para una lágrima; es entonces cuando la conversación se hace llanto, un llanto incorpóreo que se funde con la lluvia y, a poco que dure, permite sonarle los mocos al fantasmita más cercano.

Las noches de suerte, ya al alba, puede uno elegir; y así sucede que la dimensión del encuentro vuelve a ser de tú a tú, como en los viejos tiempos, sin importar quién es Cástor o quién Pólux, envueltos ambos en el aura mágica de la quietud, cualidad suprema de lo eterno.

Con experiencias similares a más de uno se lo han llevado a los altares después de pasarse la vida en un suspiro levitante y etéreo... Cuestión de geografía: en Palencia no cuela. Aquí la calle Mayor, de madrugada, produce pintores y poetas. Y toda la calle es algarada y chismes amorosos y juerga endiablada y qué se yo cuantísima metafísica soportales va y soportales viene.

Excepto al llegar a los Cuatro Cantones, ya digo, lugar donde vuelve a oirse un remoto quejído mientras la Santa Compaña hace un rodeo intramuros para esperarnos más adelante, pasado el susto. Que no el disgusto.

Luego sale el sol y no hay fantasma que aguante más allá de las nueve, cuando el comercio abre. La Calle Mayor vuelve a la rutina de la peseta y el edificio del acertijo, esa mole desproporcionada que lleva un Banco en las tripas, contempla orgulloso el poder del dinero y justifica a voces su existencia.

Da igual. A esas horas de tanto ajetreo, pintores y poetas roncan colores en pareado, arropaditos en la cama, con dos o tres fantasmitas bajo las sábanas.n

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> Ilustración que encabeza el texto:   "Calle Mayor". Fotografía de Abbé Nozal tomada en 1985.
> Este artículo fue publicado en "El Norte de Castilla" (6 noviembre 1989)
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