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Cuaderno LiterarioTexto 17

 
El desamor
NOZAL

detalle de "Grisú", 140 x 230 cm. Nozal, 1992

El amor alienta un cierto interés hacia la vida y desata pasiones blancas que luego hacen posible cuatro versos al lindo despertar de la amapola y algunos inspìradísimos acordes para piano y violín. Pero es el desamor el que hace fecunda la creación y compone música para trompetas, espolea todas las pasiones -no solo las blancas- y se convierte en la definición más pura del deseo. El desamor vaporiza los mares, pinta cuadros infinitos con el crepúsculo de los martes, le hace profundas heridas al viento del noroeste, inflinge a la tierra un temblor apocalíptico, escribe tratados geométricos para que lloren los niños y acompaña con música de salsa a la más grande de todas las blasfemias.

Con el amor la vida pasa en rosa y, en tanto pasa, nos va dejando una cara de gilipollas tal que así. El desamor, en cambio, nos despabila, incita nuestra gana de revancha, hace que leamos entre líneas, nos obliga a investigar la razón útima de la existencia, nos enciende, nos encabrita, nos convierte, por arte de magia, en herederos del reino de Nunca Jamás.

Es el desamor la esencia de un dios loco que basó su absoluta perfección en un acto de imperfección absoluta, cual fué la creación del mundo, la génesis de la vida. El afectado por el desamor, ese ser que ama pero no es amado -el "desamante"-, tiene pues la fuerza de todos los dioses y está en su mano volver a crear el mundo o mandarlo al garete, según gustos; puede volverse loco de repente o concebir de improviso el más genial pensamiento de la historia; puede amar tantísimo y tan gratuítamente que no habrá en el mundo ningún otro acto que se le asemeje en derroche y estupidez. Y dado que tales son las características del arte -derroche, gratuidad, víscera-, el "desamante" habrá de ser por tanto la quintaesencia del artista, el genuino creador.

El tópico de que sólo el enamorado vive conplenitud es doblemente cierto en el caso de quien sufre un desamor, ya que su enamoramiento no ha de tener tregua. Y puesto a ser creador y "desamante", su obra será indefectiblemente un acto de locura.

Pilarica Armendía, esa gran pastelera zaragozana que llegó a abrir sucursales confiteras en Austria, Francia y Holanda, afectada por un desamor otoñal pulió su negocio en dos días y, con los beneficios del remate, ordenó construir un panteón con forma de tarta, repletito de mármoles de Carrara y pulidísimos bronces, donde sería enterrada al poco tiempo tras suicidarse con una sobredosis de tarta de chocolate, la misma tarta que años antes hubiera celebrado con su amado compañero.

Hefesto, el único dios feo, cojo y cheposillo de toda la mitología griega, esposo de la bella Afrodita, inventó la fragua y creó una olímpica red para pescar a su amada cuando ésta retozaba con Ares fuera de las aguas jurisdiccionales del Elíseo. Desde entonces se le veneró como dios de los artesanos y hoy, sin duda, hubiera sido patrón de los escultores actuales, además de figurar "su red" en los fondos artísticos del Centro de Arte Reina Sofía. Un suponer.

Es tantísimo el amor del "desamante" que algunos llegan a confundirlo con el sufrimiento y así, tanto se ama como se sufre. Malcolm Verdey, creativo publicitario del Stampa, enfermo de amor, harto de sufrir, llegó a publicar un anuncio de media página que decía: "Ofrezco mi fortuna a quien me pegue un tiro en la nuca. Abstenerse aficionados".

Y el sufrimiento, espoleta de la poesía, arma mortal que carga el diablo, hizo de Quevedo un genio y de Larra un enamorado tragabalas. A César Vallejo le empujó a hablar con los árboles de espaldas y a tratar de tú a tú con la amargura, que a él siempre le caía en jueves. A ése otro César italiano, Pavese, experto en desamores, le hizo comprender a la postre la razón última de la existencia, que no es sino un verso apócrifo con forma de bala, nueve milímetros parabellum.

Jean Michel Basquiat, pintor maldito de quien ahora van a hacer una película para subirle a los altares del Mercado del Arte, embadurnó las tapias neoyorkinas y las fachadas de edificios y las señales de tráfico con grafitis que aludían a la desesperación del abandonado; detrás de cada "prohibido aparcar" firmó una sentencia llamando a su amado, reclamando su regreso. Acabó metiéndose un chute que lo llevó derechito al censo de la locura inasible, ese papelón al que algunos insensatos le llaman "más allá".

En fín, así hasta la exageración. Del amor dulce y ñoño no se han hecho más que mediocres cantares y alguna tarjeta postal con crepúsculo playero. Es el desamor el único motor de la vida, la única fuente auténtica de creación.n

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> Ilustración que encabeza el texto: detalle de "Grisú", 140 x 230 cm. Nozal, 1992
> Este artículo fue publicado en el periódico "El Norte de Castilla" (6 junio 1992)
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