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Cuaderno LiterarioTexto 16

 
 Elma María cantó
NOZAL

Retrato de Elma. Oleo, 70 x 50, Nozal, 1998

De niña, en el Real Colegio de las Ursulinas Descalzas, había dado la nota en el Coro, cantando con un primor inusual aquello del ciervo que a la fuente de agua fresca iba veloz. Más de una monja levitó con el trino de esta chiguita, de la que se decía en el barrio que cantaba como los mismos ángeles.

Con la primera menstruación le vino también el rock, la música country y el techno-pop. Y aprendió ópera mientras efectuaba el rito diario de eclosionar espinillas frente al espejo. A los diecisiete años era una adolescente primorosa que ya rompía corazones, si bien ésto no es cosa de extrañar o, al menos, no lo es tanto como esa otra cualidad suya que asombró por entonces a todos y que relataré a continuación por considerar tal suceso verdaderamente interesante.

Fué aquella una época singular. Y la pequeña ciudad que Elma María habitaba se distinguía por su cordialidad, su pujante comercio, sus misas y sus concursos. Sí, concursos. Los había a diario: "Mejor colección de fotografía submarina", "Concurso gastronómico: Del mejillón con almendras al suflé helado", "Ajedrez: Selección para el Wijk aan Zee"... y así hasta un largo etcétera con el que no quiero cansar. De entre todos éllos, uno llevaba este título singular: "Jóvenes promesas para el futuro de la polifonía local". Elma María se apuntó.

Tal decisión se la comunicó a su padre cantando, como era de esperar: "Haz las maletas, papá,/ que nos vamos de excursión./ Si antes, cuando cantaba,/ hasta las monjas levitaban,/ ahora se cagarán de gusto/ cuando escuchen mi canción". Y, en el penúltimo verso, mientras advertía que el jurado iba a cagarse de gusto, un Do de pecho arremetió contra el padre transformándole el tímpano en recuerdo del pasado. "¡Pero qué bestia eres, hija!" -exclamó aquél buen hombre, integrado ya para siempre en el censo de la sordera.

Y aún sintiendo por dentro las campanillas celestiales que sólo los sordos oyen, descubrió con estupor que el último cuadro de Tápies, colgado tras de sí esa misma mañana y por el que había pagado la ridícula cifra de seiscientas mil cucas, tampoco pudo con semejante Do y se había desintegrado sin dejar más rastro que un montoncillo de polvo acumulado junto al rodapié.

El padre, que sería desde entonces un sordo sabio, dedujo enseguida que, ante la verdad rotunda y sonora de la voz de su hija, nada que no fuera auténtico podía mantener el tipo. Esto es: Tápies era un falsario. Tan exquisito pensamiento, aunque le consoló de la pérdida del cuadro, nunca le reintegró las seiscientas mil de vellón ni sirvió para nada cuando devolvió al galerista un saquito de arenillas de colores asegurándole que "éso" era el cuadro de tan consagrado Tápies, "éso" era la verdad de una mentira.

- O sea -guaseó el marchante-, ¿está usted insinuando que Tápies no aguanta una canción?

Y no se sabrá nunca si fué la sorna con que el marchante formulara su pregunta, el cachondeo con que gesticulaba o su negativa a devolver un sólo duro, lo que provocó en el padre de Elma María una reacción violenta, tan inusual en un hombre de pacíficos antecedentes. Tomó al marchante de los pelos y, mientras le zarandeaba, gritó: "Te vas a enterar, besugo; mañana mismo aquí, en el centro de tu espléndida Galería de Arte, mi hija cantará la Traviata". Y, efectivamente, al día siguiente, a modo de privado homenaje, Elma María cantó.

Aparte de un San Jerónimo de El Greco y de un retrato de Isabel II, de Vicente López, los cuadros que más sufrieron la agresión fueron aquéllos del XVII que ya estaban embalados y sellados con dirección al subastero londinense; cuando a los pocos días llegaron a su destino, la sorpresa fué total: Pintura en polvo del XVII, una buena representación de arcilla de colores italiana y flamenca, procedente de autores como Lucas Jordán, Rubens, Voss o Van Dyck. O sea, excelentes falsificaciones hechas fosfatina.

La Sala de Subastas envió un telegrama al marchante en el que se citaba expresamente a la madre de éste. Un telegrama que jamás iba a recibir respuesta ya que el osado galerista murió de infarto en el mismo instante en que Elma María cantaba la Traviata, por segunda vez, mirando entonces fijamente un pequeño cuadro, situado allí en calidad de préstamo y sin la preceptiva póliza de seguro, titulado "Los Girasoles", de Van Gogh.n

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> Ilustración que encabeza el texto: "Retrato de Elma", óleo/lienzo 70 x 50 cm.
> Este artículo fue publicado en el periódico "El Norte de Castilla" (6 junio 1993)
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