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Cuaderno LiterarioTexto 12

 
El genio dormido
NOZAL

¿Genio... qué?

Hay en Palencia una calle porticada llamada Calle Mayor. Pues bien, en Palencia, detrás de cada columna de la Calle Mayor se esconde un genio. A veces incluso dos.
En esas tierras de Dios y del románico, nunca se había visto cosa parecida. Antaño Palencia alimentaba a los pintores que buenamente le correspondían por latitud y longitud, según un censo secreto que ordena la historia a golpe de capricho, pero hoy la cosa está fuera de madre, con tanta desproporción que no hay familia en la que, si más de dos hijos, uno pintor (y los dos en paro, naturalmente). Créanme si aseguro que esto es Jauja.
La pintura, el arte de la pintura, ha dejado de ser habilidad y profesión de unos pocos y se ha convertido en ejercicio de destreza baladí para una gran multitud. Hoy el que no pinta es porque no quiere, como muy bien predica el santo Mercado desde el púltpito de la oferta, sabedor de que tiene un público voraz para sus productos: tubos, tubitos, cajas, cajitas, pinceles, pincelitos, marcos, marquitos... Detrás de esta fiebre artística, alentada desde múltiples sectores, se esconde, pues, un pingüe negocio que ha hecho florecer a multitud de comerciantes tuberos, cajeros, pinceleros y marqueteros.
Yo no sé si fué antes el huevo o la gallina. En tiempos de esos prestigiosos pintores, que hoy tienen nombre de calles, como Casado del Alisal o Asterio Mañanós, ni había industria de colorines ni había ná, de modo que tenían que mancharse las manos para mezclar los pigmentos con el barniz de pez griega y el aguarrás, llegando a conocer el oficio desde los bajos fondos del alquimista y aprendiendo incluso a pintar al encausto, mezclando con cera y en caliente cuando la ocasión lo requería, o al óleo, trabajándose colores desleídos en aceite secante... O sea que, además de aprobar el dibujo en la escuela de Artes, tenían que saberse de memoria la fórmula de la esencia de trementina. Con un panorama tan desalentador -la exigencia del dibujo, por una parte, y la ausencia de tubitos de oleo con código de barras, por otra- es comprensible que no abundaran las vocaciones artísticas. Y no abundando el artista, el único negocio posible se quedaba en casa del marchante, limitándose el santo Mercado al trapicheo por encargo, alentando inspiradísimos retratos de la burguesía, promoviendo escenas históricas para los grandes vestíbulos de nuestras instituciones o facilitando compromisos con alguna cofradía que deseaba ver pintrada tal que así a la virgencita de los siete puñales. El cliente pagano sabía lo que quería.
La diferencia con el pulso actual, sólo después de medio siglo, es acojonante: desde el punto de vista del artista importa un bledo el dibujo, todo vale; desde el punto de vista del público receptor de la obra de arte -público que ha perdido cualquier criterio de valoración, ética o estética-, lo único a tener en cuenta es la firma y el consiguiente grado de revalorización que pueda adivinarse.
La pintura ya no es arte sino inversión. El santo Mercado se frota las manos a diario anunciando una crisis inexistente y fomentando la especulación; tiene a sueldo a un atajo de figurantes, tales como críticos, galeristas y museummans, encargados de lavar el cerebro colecctivo; utiliza el marketing como herramienta imprescindible para dar a conocer sus productos, las firmas -elegidas según la temporada: primavera, verano, otoño, invierno-; ajusta comisiones con la industria del gremio, a tanto el tubito... Y, para colmo, le salen por doquier trabajadores a destajo, que no solo no cobran un duro sino que, además, pagan por currar: los artistas.
En tiempos de Martínez del Rincón o Eugenio Oliva, cuando soñaban el futuro, y a pesar de que soñaban en colores, veían todo más negro que la noche. Eugenio Oliva Rodrigo, que pintó el techo del Palacio de la Diputación palentina para que luego un incendio le firmara la obra, pintó también un cuadro titulado El genio dormido: un hombre al piano, la mano inmóvil en el teclado... y un angelito tontorrón sesteando sobre las cuerdas. Quiso referirse al gremio de los músicos pero logró una metáfora universal que tiene hoy más vigencia que nunca y se hace visible en las columnas de la calle Mayor, detrás de las cuales vive un pintor con su genio dormido. O matao.
Germán Calvo y Pedro Mozos (no cuento al triste Díaz Caneja, por más que le hayan hecho un museo/mausoleo que no visita ni dios) fueron los eslabones entre aquellas primeras generaciones y esta última columnata, vivieron todavía un período sin demasiada competencia, el genio aún sacaba fuerzas para repartir su vigilia entre las distintas paletas de estos ilustres más o ilustres menos. Pero hoy el geniecillo anda arrastrao, no da a basto. Y los pintores palentinos, que duplican plantilla cada semana para decorar a destajo las paredes de Pryca, se han acostumbrado al sordo ronquido del genio del piano y no aciertan a entender para qué vale el dibujo, para qué sirve la técnica, para qué la composición, el equilibrio, la entonación, el tema, la cocina, la coherencia... Tristemente, esta última generación columnata es consecuencia del santo Mercado y del vacuo decir de esos críticos que han de darle significado a una obra que no lo tiene, nació y creció bajo ese afán especulativo que desprecia el lenguaje y ensalza la basura adecuadamente firmada por... ¿Tápies? Da igual, estos cientos de pintores quisieron ser Tàpies desde el principio y han sido engullidos por las fauces insaciables de la Gran Mentira.
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> Ilustración que encabeza el texto: Composición digital basada en el cuadro de Eugenio Oliva titulado "El genio dormido"
> Este artículo fue publicado en el periódico "El Norte de Castilla" (3 junio 1995)
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